sábado, 9 de agosto de 2014








DECLARACIÓN DE AMOR. PROPIO













                                                                                                                                                        
                                                                                                                                   "Ella siempre quiso ser Alabama."


Eres como Frida Khalo bebiendo, 
se te llena el labio de la espuma efervescente y contemplo tu bigote, 
como contemplaría al trasluz el vello oscuro 
de unas manos que pintan en la sombra. 

Cuando dejas la jarra sobre el borde de la mesa, 
tus hombros 
parecen catedrales sedientas, 
absorben miradas visitantes 
y yo, 
tomando entre mis manos los restos de papel,
dibujo gorriones con vetas rojas 
que prenden fuego a tus huesos señalados. 

Tus dos clavículas siniestras se hacen pájaros. 

Y al reírte, mujer, 
me recuerdas a Chavela hablando de libertad y fumando puros. 
Tu risa es como el humo de un habano tosco y natural. 
Impregnas los pulmones ajenos 
con la fuerza de diez mil mariposas renacidas. 

No puedo dejar de observar tu lengua 
desde esta silla
                                                            viscosa y suave.
Seguro; húmeda y azul: gelatinosa. 

Vargas canta en tu risa mariposas suaves, 
                                                                húmedas, sedientas.

Pero, especialmente me apresa un cosquilleo, cuando veo en ti 
el descaro de Wolfe en las palabras. 
Los improperios y maldichos refranes: 
Serenatas, 
y algún que otro gran `hijo de puta´. 

Entonces, mi estómago se hace fosfatina, se convierte en una piscina 
de ácido sulfúrico
y no aguanto;
quiero besarte
 allí donde acaban tus ardores, 
donde el hombre es un imbécil que camina tras la muerte, 
y el Karma es un cabrito ciego y torpe. 

Un manco peleado con sus dedos. 

Allí es 
donde no resisto tu belleza, 
donde, si me observas demasiado, 
encontrarás a Bukowski, y a Hemingway y a Burroughs 
poniéndose hasta el culo de algún alcohol gastado y venenoso. 

Allí, sí, allí, empachado de mirarte tanto 
sin tocarte, 
de imaginar cómo sera el labio que me corte 
cuando en sueños te imagine siendo un monstruo. 


La peor de todas estas noches es en la que no me arrancas la rutina. 

Tú eres como tú, cuando caminas con ese vestido que no tapa apenas, 
cuando corres al siguiente bar 
                                              y saltas. 
Cuando comes como si el mundo se cayese a cachos. 
Cuando a cachos, te deshaces borracha y entornada, y me susurras al oído: 
"Vámonos a otra parte. A un meridiano."

Tú eres tú, 
cuando me partes en el tímpano con la voz calmada y rota; 
y todos los personajes que ya fueron
se manifiestan en la savia de tus verbos. 

Ahí te encuentro y también te desvaneces, 
como Frida en la tarde, como Vargas en la boca siniestra de la muerte, 
como Wolfe en los atascos, como el Karma mentiroso. 

Ahí la dualidad converge, 
y bebo de ti como lo haría Burroughs, y Hemingway y Bukowski, 
con la certeza de no hallar más salida a la vida en este mundo
que todas las palabras, 
el instante que ya se está acabando, 

y esa boca. 




Akata.

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